Francisco Álvarez Marrero
 

Hijo de don Manuel Álvarez y doña Carmen Marrero, nace en Manatí el 15 de diciembre de 1847. Su vida estuvo plagada de dificultades: cargaba desde su infancia una grave enfermedad (el bacilo de Kock y más tarde la lepra). Sus padres eran pobres y a la edad de trece años muere su padre, teniendo que, con sus débiles fuerzas, hacerse cargo de la familia. Con tan estrechos recursos y tanta responsabilidad era de esperar que no lograse una educación académica formal; además, el medio ambiente escolar del Manatí de su infancia, estaríamos hablando de antes del 1860, no era mucho lo que podía ofrecer: apenas una escuela de primeras letras para varones y otra para niñas, y los estudios superiores (conducidos por lo general en España a un costo elevado) eran casi inalcanzables para la mayoría de los puertorriqueños.

Estas circunstancias lo obligaron a dejar la escuela para comenzar a trabajar en una tienda de comestibles. Luego compró a crédito una pequeña pulpería con la que pudo sufragar los gastos de su casa.

Voraz autodidacta, intenta compensar su limitada instrucción con la lectura de libros que sus amistades le prestaban, nutriéndose probablemente de la jugosa biblioteca de su buen amigo Manuel Fernández Juncos. Para los años de madurez intelectual, allá para finales de los años 70, la literatura puertorriqueña expresada a través de libros ya gozaba de una tradición con orígenes en el primer Aguinaldo Puertorriqueño publicado en 1843, El Album Puertorriqueño y el Cancionero de Borinquen, ambos con tiradas en 1846 en los cuales van apareciendo Santiago Vidarte, Manuel Alonso, Francisco Vesallo (español) y José Julián Acosta entre otros; etapa que es completada con la publicación de El Gíbaro de Manuel Alonso en 1849.

Colaboró en El Buscapié, de Manuel Fernández Juncos, en La Lira (1876), revista literaria de Genaro Aranzamendi, que salía semanalmente en San Juan. Fundó La Voz del Norte, semanario enciclopédico, publicado los domingos, dedicado a fomentar los intereses generales de la Provincia.

Álvarez Marrero no verá publicada su producción poética en un libro particular, pero sí incluidos seis de sus poemas (Meditación nocturna, A América, ¿Dónde vive la virtud?, Un ángel caído, A Soneto y Madrigal) en la antología Poetas puertorriqueños de José M. Monge y otros editores, con tirada en 1879. Además incursiona, sin mucha trascendencia, en el teatro escribiendo tres diálogos de ocasión titulados Diálogos, El Hombre y la Tierra, Carmen Rosa y Flor del Carmen, y la obra más lograda según los críticos, Dios en todas partes o Un verso de Echegaray, pieza en verso y prosa, recortada a dos actos (en lugar de tres como era la costumbre) por motivo del agravamiento de su salud. Esta última obra fue presentada en el teatro Kiosko el 19 de febrero de 1881, aprovechando el paso por Manatí de una compañía teatral, asignando los papeles principales a Ana Bussatti y Eugenio Astol (padre). Álvarez es cargado en brazos para ver el espectáculo; cerca de un mes después muere el 4 de marzo del 1881, a la edad de 34 años.

Al año siguiente, Manuel Fernández Juncos cumple su promesa de que intentará publicar sus trabajos literarios y el producto de la venta del libro, que no debió ser mucho, se los hiciera llegar a su señora madre. En 1882, salen sus Obras Completas, con prólogo de Fernández Juncos , conteniendo unas 51 poesías reunidas bajo el título Flores de un Retamal y El drama Dios en Todas Partes....; ésta era la parca producción literaria que se salvó de su implacable sentido de autocrítica (o quizás de su limitación académica formal), que lo condujo a destruir muchos de sus trabajos.

Fernández Juncos destacaba como las poesías más logradas: A América, Meditación Nocturna, La primavera y Últimos Cantos. Otro estudioso que en fechas cercanas no pasó por alto la vida y obra de Álvarez, fue Salvador Brau, quien la aborda en su libro Ecos de la Batalla publicado en 1886. El crítico contemporáneo a nosotros, que más se ha detenido en su obra, Cesáreo Rosa Nieves, ubica su poesía pendulando entre lo neoclásico y lo romántico con sus obras más destacadas, Meditación Nocturna, Soneto, A los modernos sabios materialistas y su canto A América, que según él, lo colocan entre los grandes románticos de Hispanoamérica.

Los padecimientos físicos y la actitud de los románticos hacia la vida, se verán reflejados en muchos de sus poemas impregnados de un espíritu de pesadumbre, de angustias, pero confortada por su fe ( y en ocasiones, en lucha con ella ). Y de no haberle provisto su estado anímico, su condición de salud y sus escasos recursos los suficientes motivos para angustiarse, entonces las condiciones de la instrucción pública y el estado de situación de los sectores pobres de su pueblo le hubiesen ocupado el espacio para desalentarse ante las pocas expectativas de cambio inmediato; quizás, en parte, por esto es que creaba en la poesía un mundo que parecía fuera de la realidad circunstancial, no como escape si no como contraste entre esa realidad imperante y el mundo imaginado. Aún así, en su poesía dejaba traslucir, en forma mucho menos evidente que en su prosa periodística, su sátira mordaz de algunas de las circunstancias prevalecientes en su pueblo (y en el país), como por ejemplo, cuando se preguntaba en el siguiente epigrama:

¿Cómo es que Don Serafín

teniendo huero el magín,

con su botica acumula

tanto oro?- dijo Tula;

y con razón no tardía

contestó Nepomuceno:

La cabeza está vacía,

Pero el aljibe está lleno.

La administración Municipal de Manatí y su alcalde, Hon. Juan Aubín Cruz Manzano, han reconocido la gran aportación que este ilustre manatieño ha hecho a la historia de nuestra ciudad y en homenaje han perpetuado su figura al conferir su nombre a la moderna Biblioteca Electrónica Municipal.