José Ramón Demetrio Fernández y Martínez,
Marqués de la Esperanza, nació en San Juan el dia 22 de
diciembre de 1804. Sus padres Don Fernando Fernández,
natural de la provincia de Santander, y Doña Francisca
Martínez natural de Santa Cruz de Tenerife, disfrutaban
en esta preciada isla de una posición sumamente
desahogada, entregados á las profesiones del
comercio y de la agricultura. Era el mayor de dos hijos, su hermano fue Manuel Fernández y Martínez, cuyos descendientes incluyen a don Edmundo B. Fernández,
dueño de una destilería y productor del ron marca
"Barrilito". Su padre Don Fernando Fernández llegó a Puerto Rico a finales del siglo XVIII y
estableció la Hacienda La Esperanza, en el municipio de
Manatí, a principios de la década del 1830.
Apenas Don José Ramon Demetrio
cumplió los once años, trataron sus padres de
proporcionarle una buena carrera, eligiendo después de
bien meditado, la del comercio, para cuya realización
resolvieron enviarle a España. El jóven Don José Ramon
Demetrio entró en el colegio de los padres escolapios,
titulado San José de Calasanz. Apenas el
alumno cumplió los diez y siete años, en el 1823
recibió órden de pasar a Inglaterra con el objeto de
terminar su brillante educación y aprender el inglés.
En Londres, aprovechó Don José
Ramón Demetrio, el tiempo como lo había aprovechado
en el colegio de San José de Calasanz. Mas no se contentaron
los padres con los conocimientos que éste había
adquirido, y apenas supieron que dominaba perfectamente
el inglés, le hicieron regresar a América, para
que fuera
a vivir en la populosa ciudad de Nueva York, foco
del saber y emporio de la riqueza y del comercio en
los Estados Unidos. Allí conoció a varias personas
influyentes que más tarde le ayudaron a establecer
y expandir sus negocios en la Isla. Con George C.
Lattimer, Cónsul de Estados Unidos en San Juan, estableció
la Compañía Lattimer y Fernández, una de las más poderosas
del país, dedicada al comercio de molasas, azúcar,
ron, alimentos y textiles. Regresó a Puerto
Rico el año de 1826, después de nueve años de ausencia
y de constantes estudios.
Apenas llegó a Puerto Rico, su ilustración y su tacto para
el comercio hicieron conocer a su padre, cuya casa
era por sus pingües rentas y crecido capital una de
las más ricas de la isla, que nadie podía administrarla
mejor que su hijo a cuyos conocimientos, experiencia
y laboriosidad quedó encomendada.
Dirigiéndola estaba, cuando, por indicación de sus
mismos padres se casó con Doña Clemencia Dorado
y Serrano, natural de Puerto Rico, hija de Don José
Antonio y Doña Catalina, ámbos peninsulares, natural
el primero de Extremadura y de la Mancha la segunda.
Dios bendijo este matrimonio concediéndole cuatro
hijas, Doña Teresa, Doña Bárbara, Doña Francisca Catalina
y Doña Clemencia. Llegó el año de 1834 y abandonando
Don José Ramon Demetrio la agricultura, se dedicó
exclusivamente al comercio en grande escala,
estableciéndose en Mayagüez, adonde se había
trasladado con su familia. Allí sus grandes
conocimientos, adquiridos en España, Inglaterra y
Estados Unidos, le sirvieron para mucho, elevando su
capital a la altura de los más cuantiosos de la isla.
Sus grandes dotes en la carrera del comercio,
secundadas por su asidua laboriosidad y también por la
fortuna, hicieron crecer inmensamente las sumas que le
había dejado su padre. En Mayagüez le nombraron
regidor del Ayuntamiento, reeligiéndole así que cesó
en el cargo la primera vez. En 1842 decidió abandonar
aquella villa para trasladarse a la capital. Apenas
llegó á San Juan, fué nombrado regidor del
Ayuntamiento.
Cuatro años pasó
nuestro ilustre personaje en la laboriosidad mas grande
hasta que, convencido el gobierno de S. M. la Reina
Doña Isabel II, de las buenas disposiciones e
importantes servicios que el señor
Don José Ramon Demetrio venía prestando
a la ya floreciente isla de Puerto Rico y a su madre patria, le nombró en 1846 Cónsul
del Tribunal de Comercio, cargo que ocupó por espacio
de dos años. Apenas
terminó el plazo prefijado volvió a aceptar el cargo de regidor del Ayuntamiento
de la capital, en cuyo puesto continuó
hasta el año de 1852 en que por Real órden
se le nombró Prior del Tribunal de Comercio.
Políticamente, se identificaba claramente con las
fuerzas conservadoras, que intentaban fuertemente
prevenir cualquier cambio en la relación de Puerto
Rico con el gobierno metropolitano de España. En 1850,
el Marqués, junto con Augusto de Cottes y Cornelio
Kortwright, también hombres muy ricos, hizo una oferta
al gobierno para construir un ferrocarril de San Juan
a Arecibo. La oferta coincidió con el desarrollo espectacular
de ferrocarriles en Europa y los Estados Unidos. Pero
no fue hasta la década de 1890, después de la muerte
del Marqués en 1883, que este proyecto se materializó. En
el año de 1854 fue elegido primer Alcalde de
la ciudad, y tan satisfecho quedó
el pueblo del acierto con que desempeñó
nuestro distinguido personaje aquel importante y delicado
destino, que al año siguiente le nombraron
Corregidor. En 1856, fue elegido vocal de la Real
Junta de Comercio, cuyo honorífico cargo desempeñó
con la misma probidad y eficacia que los anteriores
y en el que permaneció hasta que la direccion
de obras públicas disolvió aquella Corporacion.
Tanta confianza merecía
el señor Don José Ramon Demetrio que
apenas dejaba un cargo, le daban otro todavía
de mas entidad. Así es que en el año
de 1860 fué nombrado por Real órden
el señor Don José Ramon Demetrio, consejero
de administracion de Puerto Rico, cuyo empleo desempeñó
con notable acierto y con exquisito celo por espacio
de cinco años, habiendo luego pedido su retiro,
que le concedió S. M. la Reina, quedando sumamente
agradecida de su eficacia. En 1868 le volvieron á
nombrar Corregidor de la capital, en cuyo puesto permaneció
hasta que le eligieron diputado para las Córtes
Constituyentes.
Graves trastornos habían
ocurrido en la madre patria: un trono secular había
sido derrumbado ante el hálito de la revolución,
y el último descendiente de Felipe el Animoso
abandonaba la tierra española para refugiarse
en Francia. El gobierno provisional que entonces se
formó reunió las Cortes Constituyentes,
y reconociendo hasta cierto punto la autonomía
de las Antillas, permitió a éstas enviar
sus representantes á la Cámara Constituyente.
Entre los ciudadanos que eligió Puerto Rico,
figuraba en primer término, Don José Ramon Demetrio a quien
le concedió dicho gobierno con fecha 5 de febrero
de 1869 el título de Marqués de la Esperanza
para sí y sus descendientes. (1)
A mediados del siglo heredó del
padre la hacienda, localizada al extremo oriental
del Río Grande de Manatí. Se tiene documentación de
que la hacienda estaba tecnológicamente adelantada
para 1847. En 1860 la hacienda comprendía el 85% de
las tierras de la parte baja del valle y en 1861 La
Esperanza se convirtió en la más moderna y adelantada
hacienda azucarera del país al traer, clandestinamente,
por el Puerto de Palmas Altas, una máquina de vapor
de la West Point Foundry de New York. El Marqués era
una figura política muy influyente. Tenía en sus manos
tanto poder que le fue posible dividir el territorio
que abarcaba el municipio de Manatí en dos, convirtiendo
a Barceloneta, un establecimiento pequeño próximo,
en un pueblo aparte. Sus motivos eran obviamente económicos;
de utilizarar las instalaciones portuarias en Manatí
que contaba con una aduana, tendría entonces que declarar
todo el movimiento de mercancías y de esclavos y pagar
impuestos. Por lo tanto, construyó sus propias instalaciones
portuarias en Palmas Altas, en la boca del río de
Manatí, consiguiendo así la libre circulación para
su mercancía. Ésta puede ser la razón por la cual
los investigadores no han podido localizar cualquier
evidencia de la introducción en Puerto Rico de la
máquina de vapor y el trapiche de la West Point Foundry;
no hay documentos porque el Marqués no tuvo que declarar
a ninguna aduana en su propio puerto.
A lo largo del mencionado período de tiempo, en Puerto
Rico había una confrontación entre
propietarios puertorriqueños y propietarios españoles y
esa lucha en Manatí tenía un
significado muy particular. En los años setentas Manatí
sufría los atropellos que le causaba,
José Ramón Fernández, para entonces el presidente del
Partido Incondicional Español. El señor Fernández tenía
influencias en los gobernadores que se enviaban a Puerto
Rico e influyó en el gobernador José Laureano Sanz para
conseguir que sus partidarios se colocaran en la
dirección de los gobiernos municipales. En Manatí logró
el puesto de alcalde para su amigo y partidario, don
Bonocio Casellas. Durante el gobierno de Bonocio
Casellas, el señor Fernández se apropió de un caño que
cerpenteaba el valle de Bajura para transportar sus
cañas desde su hacienda hasta el camino que conducía al
puerto de Arecibo. Dragó el caño y al dragarlo dejó
incomunicada la gente que vivía al oeste del municipio.
La falta de consideración al pueblo fue condenada por
los partidarios del liberalismo en Manatí. La mayor
contundente crítica la hizo Juan Ramón Ramos Vélez,
cuando fue alcalde en 1873, en su informe anual. Don
José Ramón Fernández tenía organizado en Manatí, un
grupo de hacendados y comerciantes de los barrios
Bajura, Manatí Abajo y Punta y Boca, partidarios suyos
que se ocupaban de hacerle llegar información de las
reuniones que se daban en las boticas, los cafés y los
ventorrillos. La clase social que luchaba por libertades
y derechos, era la clase de los propietarios criollos. A
esta clase se le tenía bien vigilada. (2)
Existen documentos que indican que en 1879 el Marqués
consolidó dos deudas considerables que suman 200.000
Pesos o 45.000 libras. Puede haber incurrido en ellas
a finales de 1860 o en los comienzos de 1870, para
mecanizar La Esperanza, y representan dinero prestado
por la Colonial Company Ltd., de Londres, una fuente
importante de financiamiento de empresas azucareras
en el Caribe. Le fue imposible pagar sus compromisos
financieros, y a la hora de su muerte estaba gravemente
endeudado. La Colonial Company Ltd. de Londres, la
más grande compañía inversionista en el Caribe, se
quedó con la hacienda. Finalmente, Wenseslao Borda,
agente de la compañía inglesa, compró La Esperanza
en $40,000 en una transacción sombría.
De sus cuatro hijas, Doña Francisca Catalina
murió en su juventud temprana. María Teresa se casó
con Edward Savage, de Nueva York y Bárbara con Guillermo
F. Lattimer, hijo único heredero de George Lattimer.
Clemencia contrajo nupcias con Francisco Rubio, ciudadano
español. Es interesante observar como después de la
muerte del Marqués, se escenificó un conflicto entre
sus hijas y yernos con respecto a la sucesión del
título; Clemencia alegaba que ella era la única con
derecho legal, pues ninguna de sus dos hermanas, casadas
con extranjeros, podrían heredar el título.
José R. Fernández, además de tener el título nobiliario
de marqués, era Gran Cruz y llegó a ser Presidente
de la Diputación Provincial de Puerto Rico. Fue también
Teniente Coronel y Coronel de Voluntarios, Jefe y
fundador del Partido Español Incondicional, Diputado
a Cortes, fundador y gran sostenedor de la Sociedad
Anónima de Crédito Mercantil, Presidente del Casino
Español y del Centro Hispano Ultramarino.
Según el Puerto Rico Ilustrado del 16 de mayo de 1886,
el Marquéz de La Esperanza era consecuentísimo
hasta la abnegación y el sacrificio; era un hombre
que ponía en marcha su pensamiento y sus ideales en
pro de Puerto Rico sin deslindarse de España.
En los últimos años de su vida se quedó ciego y murió
en San Juan el 13 de febrero de 1883.