El Entierro del Negro


 Corría el año de 1850. Y en la hacienda de Don Satún los asuntos laborales iban de mal en peor. La oferta de esclavos disponibles para la industria de la caña había disminuido drásticamente. En sus plantaciones el número de mujeres esclavas sobrepasaba a los varones, aunque hacían las mismas labores.

 El hacendado sentía un afecto muy especial hacia una de las esclavas y la eximió de las rudezas de los cañaverales, para que se encargara de las tareas domésticas en la casona. Al hijo de esta esclava también se le concedieron algunos privilegios. Era uno de los pocos a los cuales se le permitió aprender a leer y escribir. Además, era el ayudante de un carpintero especializado en construir estructuras en maderas duras utilizando cuñas en vez de clavos. Pero para Aniceto, el esclavo, una jaula aunque pareciera de oro, seguía siendo prisión. Anhelaba con vehemencia la libertad.

 Así las cosas, un día notó las miradas apasionadas que le lanzaba Herminia, la hija del amo. Ni corto ni perezoso, decidió sacarle partido a la oportunidad que se le presentaba. No pasó mucho tiempo para que ambos se las ingeniaran para verse a escondidas. Tal fue la pasión que despertó en la joven blanca, que cuando lo consideró oportuno le propuso que juntos escaparan.

En una noche obscura emprendieron la huída. Aniceto cargaba en un hombro un pesado saco, repleto de costosas alhajas y monedas de oro, hurtadas por la doncella a sus padres, y en el otro, el extremo de una pesada cadena atada al tobillo. No tuvieron problemas con los perros guardianes de la hacienda, pero las jaurías que merodeaban por el lugar dieron la alerta con sus ladridos. Sonaron los disparos. Y un quejido de dolor. La muchacha se desplomó al suelo. Ella le extendió el farol que llevaba en su mano, al tiempo que le decía "corre, no te detengas, para mi ya se hizo tarde" El fugitivo tomó el quinqué y quedó petrificado. La tenue luz iluminó una mancha roja en la espalda de la joven. Vio como aquellos hermosos ojos azules se tornaban vidriosos, la mirada perdida en el mas allá. Un alarido de angustia estremeció los montes y valles del Manatuabón. Los disparos de fusil, cada vez mas cerca, lo sacaron de su estupor, y por instinto emprendió una desesperada carrera hacia el monte.

Por varias horas logró evadir el cerco de sus perseguidores. Pero el peso del saco y la cadena se hacía ya insoportable. Buscó afanosamente un hueco en la roca caliza de un mogote y allí escondió su botín. La luz del farol que alumbraba su camino comenzaba ya a menguar. Se sentía extenuado, sin fuerzas para continuar la huída, y en su corazón una inexplicable soledad. Fijó su mirada en la llama del quinqué, que a falta de combustible se extinguía. Su alma se ensombreció llena de dolor y remordimiento. La llamita moribunda apenas alumbraba el borde del farallón donde se encontraba. Apretó contra su pecho el farol, cerró los ojos y dio un paso adelante hacia la nada. En la obscuridad de la noche la escena semejaba la caída de una estrella fugaz que se extingue a mitad de su trayecto.

Si alguna vez pasas de noche por un recodo de la carretera 616, cerca de El Cantito, y escuchas el sonido de cadenas en la ladera del monte...detente. Eleva tu vista y si ves un fulgor fantasmal, quizás sea un indicio de la ruta que conduce al lugar donde se encuentra "el entierro del negro".

Juan Torres Rivera  

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