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¿Como se convirtió el lechón asado en tradición navideña?
"Puej ajresulta" que en un pasado no muy distante, en los
"yucayeques de Borikén", los "jíbaros" sembraban y
cosechaban para subsistir. Los árboles les brindaban frutas y la tierra viandas y hortalizas. El que mas o el
que menos tenía su talita de guineos o plátanos. Éstos tienen la peculiaridad de que por mas que trates de
evitarlo, a la larga terminan manchándote la ropa. Ésa es la tan mentada "mancha de plátano" del jíbaro.
Se criaban aves y animales de corral. Gallinas, guineas, patos,
conejos, güimos, chivos, ovejas y el más suculento de todos, el cerdo.
Asarlo sobre brasas de carbón le imparte un delicioso sabor.
Pero el procedimiento conllevaba una larga preparación y una buena dosis de paciencia. Por tal razón el lechón
asado "a la varita" se dejaba para festejos familiares especiales.
Al llegar "las navidades" el ambiente se permeaba de regocijo, hospitalidad, confraternización y religiosidad. Era el momento para compartir con
los demás lo poco o lo mas valioso que se poseía. El momento para el "borrón y cuenta nueva". La mejor oportunidad era la Noche Buena. Asar un
lechón con "carbón de palito", en el "batey", tomaba horas. Las suficientes para "romper el hielo" y lograr la socialización entre familiares, vecinos e
invitados. En el menú figuraban las viandas, pasteles de yuca y plátano,
manjares de coco, arroz con gandures, jugos de frutas y los traguitos de ron
caña casero. El festejo se acompañaba con música quasi religiosa,
tocada con el cuatro, la guitarra, la bordonúa, el güiro y maracas; cantándole a la Vírgen y al niñito Jesús
aguinaldos, seis y décimas. Al final quedaba el festín grabado en la memoria como una ofrenda de buena voluntad y asociado a un
momento determinado durante la época navideña.
Y así también quedó grabado el lechoncito navideño en el acervo cultural borinqueño.
"Ansina mejmo fue, m'ijo". Ai le lo lai le lolé, lo lai lo
lai lero lera. Caray, bendito, caramba.
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