Ni el cáncer, ni las 42
radioterapias, ni las miles de entradas sobre el
montículo, le han quitado su alegría de vivir.
De entrada, Rod Bristow cae bien. Su entusiasmo es igual
al de un niño que por primera vez se pone un uniforme de
pelotero y su simpatía a la de un amigo de toda la vida.
Llegó a Puerto Rico de casualidad, allá para finales de
los años ’60 arrastrado por el béisbol. Sin embargo, no
fue hasta 1973 que decidió quedarse para siempre. “Tenía
que cumplir la promesa. La primera vez que vine dije que
si lograba venir tres veces, me quedaba”, dijo Bristow.
Así fue. No lo pensó dos veces, dejó todo lo que tenía en
su natal Brooklyn y decidió convertirse en boricua de la
noche a la mañana. Todo esto sin saber ‘chispa’ de
español.
“Estaba jugando en las ligas hispanas en Nueva York en
Clase A. Cuando ganábamos un campeonato nos daban un viaje
a Puerto Rico. La primera vez que estuve aquí fue en 1968
con el equipo de los Piratas de Goya. Quedé impresionado
con el país”, indicó.
Bristow recuerda como fue contactado por los Indios de
Canóvanas en las ligas de Nueva York para que reforzara al
equipo en otro invitacional. Esta sería la tercera vez que
vendría a Puerto Rico y la decisiva. “Me dije…waoo..ahora
si voy me tengo que quedar, pues cogí y me fui. Los juegos
fueron en Camuy y me quedé”.
El veterano lanzador recuerda que nadie en el equipo sabía
que él se quedaría. Bristow no tenía ni idea de cómo lo
haría, pero ya lo tenía todo decidido. “Yo tenía nada más
que $15 en el bolsillo. Nos fuimos al casino del hotel
Condado Holiday Inn y me puse a jugar en las máquinitas.,
yo nunca había jugado eso en mi vida. Me gané $500 y con
eso me compré una caseta de campaña. La puse primero en la
playa de Levittown, pero vino un Policía y me dijo que
cerca habían matado a dos personas, entonces me llevó al
barrio Mameyal de Dorado, a un terreno, donde viví por
siete meses”, explicó Bristow.
De ahí en adelante, el resto es historia o mejor dichom
béisbol.
En ese tiempo hizo amistad con el expelotero de Grandes
Ligas, Benigno Ayala, quien lo invita a jugar para los
Lobos de Arecibo. “No pude jugar porque cómo no me había
firmado ningún equipo de Grandes Ligas no cualificaba.
Entonces, Carlos Pieve me habla y me dice que yo tengo
mucha habilidad y me dan el trabajo de fotógrafo del
equipo. Les pitcheaba en las prácticas y los retrataba
también. Todavía para ese tiempo vivía en la caseta”,
recordó.
De ahí, el béisbol volvería a darle una grata sorpresa. Un
día mientras tomaba fotos al equipo de Florida en la
pelota Doble A, comienza a llover y trasladan el juego a
Vega Baja. Bristow los acompañaba, pero resulta que los
Titanes de Florida no tenían lanzador, entonces es cuando
Benigno Ayala lo invita a jugar la parte final del juego.
El resultado fue Bristow ganó el partido. De ahí en
adelante, no ha dejado de jugar tanto en Doble A, Clase A
y Coliceba.
“Mi acuerdo para firmar con Florida fue que me dieron una
casita para que viviera en la casa del apoderado. Estuve
viviendo ahí como cinco años, jugando béisbol y hasta como
‘disc jockey’ de música soul”, explicó.
La vida de Bristow se tornó una llena de oportunidades. En
la fotografía llegó a hacer las imágenes de los
legendarios Piratas de Quebradillas en los ’70, supo
animar festivales de playa en Los Tubos de Manatí y mejor
aún, se supo ganar el cariño de todos los periódicos
nacionales, donde acostumbraba llevarles fotos y escribir
pequeñas reseñas.
“Dios nunca me ha abandonado. Cada día era algo nuevo y
bueno. De momento tenía trabajo en todo”.
Su fiebre por el béisbol fue tanta que creó los famosos
Playeros de Manatí, la cual se jugó en diferentes
categorías.
La prueba del cáncer, el número 42 y el picheo
A los 69 años. Bristow no deja de jugar. Él mismo cree que
podría estar en el récord Guiness como el lanzador de
mayor edad activo en el béisbol.
Todavía tiene su repertorio único de lanzamientos, su risa
alborotada y una historia grande como sobreviviente de
cáncer de próstata.
El número 42 es el año de su nacimiento, el de su ídolo
Jackie Robinson y el de la cantidad de radioterapias que
recibió.
“Todo eso es Dios, es increíble, el 42 siempre está en mi
vida”, dijo. “Tenía cáncer el año pasado. Me fui a hacer
una prueba y salí con el PSA alto, salió 8.7 y el médico
me dijo que tenía que darme tratamiento. Ahora todo se fue
y nunca me asusté. Al contrario siempre dije que iba pa’encima
y lo logré”, explicó Bristow.
Sobre porqué continúa lanzando a los 69 años, Bristow se
viste de sinceridad y su rostro lo confirma. “Es que me
gusta, siempre me ha gustado el béisbol. Me siento bien,
saludable, pues no tengo porque retirarme. Amo este
deporte y ayudar a los niños. Me encanta enseñar a los
muchachos. Seguiré jugando hasta que no pueda más. Cuando
estoy en la loma, estoy en mi show”.