Renace la magia de La Esperanza

El Nuevo Día  Domingo 27 Agosto 2006.
Por  Carmen Arroyo Colón


   

La casa principal de la Hacienda La Esperanza, se encuentra en pleno proceso de reconstrucción.

Localizada al este de las márgenes del Río Grande de Manatí, la Hacienda La Esperanza tiene su capítulo en la historia económica y social de Puerto Rico. 

Innovadora y moderna, adelantada a las haciendas de su tiempo, La Esperanza es testimonio fiel de lo que significó la industria azucarera para nuestro país. 

Para el 1815 la industria azucarera cobró un gran auge en la Isla, luego de que la Corona Española otorgara la Real Cédula de Gracia. Este documento permitió que la Isla tuviera acceso a mercados internacionales, se habilitaron nuevos puertos, se abrieron las puertas a extranjeros expertos en la producción azucarera y se liberalizó el tráfico de esclavos. Esto hizo posible el surgimiento de grandes haciendas azucareras que dominaron la economía del país hasta finales del siglo XIX.

El dueño de la hacienda era don Ramón José Fernández, Marqués de La Esperanza, hijo de un militar español retirado. Don Ramón, nació en San Juan en 1804, se educó en Inglaterra y vivió por un tiempo en los Estados Unidos. En 1854, heredó de su padre parte de la finca donde ubica la hacienda. Para el 1873, ya era dueño de 2,265 cuerdas. 

Según datos de la Oficina Estatal de Conservación Histórica la hacienda, dedicada principalmente al cultivo y procesamiento de la caña de azúcar, fue la mayor y más sofisticada hacienda azucarera de todo Puerto Rico. La mano de obra barata y la compra de esclavos, hizo posible el desarrollo de la hacienda. Con un total de 175 esclavos, Fernández era el mayor esclavista en la Isla. 

Un avanzado molino de caña adquirido en el 1861, fue el responsable del auge en la producción azucarera de la hacienda. Este molino fue probablemente la primera máquina industrial de vapor en la Isla. Fue construido por la West Point Foundry y fue designado como monumento histórico por la Asociación Americana de Ingenieros Mecánicos (ASME por sus siglas en Inglés) en 1979. Con el mismo se mecanizó y se hizo más rápido uno de los pasos más importantes en la elaboración del azúcar. Esta es la única máquina de su clase que se conserva. 

Sin embargo, el costo de mantenimiento de la maquinaria, unido a la escasez de mano de obra barata tras la abolición de la esclavitud, la falta de capital y medios para financiar las cosechas, fueron algunos elementos que llevaron a la quiebra al Marqués y a otros hacendados azucareros a finales del siglo XIX.

El famoso molino de vapor, con las instalaciones industriales y la casona de la hacienda, permanecen en el lugar como testigos de aquella época.

Desde el 1975 el Fideicomiso de Conservación adquirió los terrenos y comenzó un proceso de restauración de las estructuras y la maquinaria de la hacienda. Además, se está llevando a cabo una investigación histórica de la hacienda. 

Según información provista por el fideicomiso, el terreno donde ubica la hacienda comprende unas 2,278 cuerdas de gran valor ecológico, designado como Reserva Natural en 1987. 

Esta es la más extensa adquirida por el Fideicomiso, cuenta con un amplio llano aluvial, más de tres kilómetros de costa con dunas y playa a orillas del Océano Atlántico. El menú ecológico también incluye estuarios, manglares, humedales de agua dulce y cerros calizos con sus bosques. 

Como si fuera poco, este paraíso ecológico acoge en sus entrañas un yacimiento indígena con cuatro plazas, un parque de pelota, petroglifos y un cementerio. 

La hacienda permanece cerrada al público. 

El Fideicomiso proyecta que los trabajos de restauración podrían finalizar en el 2007. Una vez culminen los trabajos la hacienda abrirá sus puertas para el disfrute del público.