Por NILKA ESTRADA RESTO / Especial para El Nuevo Día
El interés por la aviación le llegó
temprano en la vida, motivado por dos experiencias
opuestas: la muerte y las piruetas. “La primera vez que
oigo hablar de un avión fue de la experiencia que abuelo
tuvo”, recuerda Carmelo sobre el lluvioso día en la década
del 30, mucho antes de que él naciera en 1948.
El abuelo oyó un avión pasar, volando bajito sobre su
finca en Manatí y segundos después, una explosión. Al
llegar al lugar sólo encontró pedazos de la nave y apenas
rastros de sus ocupantes. “¿Qué pasó dentro de la máquina?
Se convirtió en una manía pensar en eso”, recuerda el
pintor.
Años más tarde, cuando tenía como cinco -cuando la familia
de San Juan fue de visita al campo y la abuela sacó del
baúl su único objeto de valor, una vajilla-, la tía María
anunció que su hijo Andresito llegaría en un aeroplano.
Desde la loma donde vieron el espectáculo aéreo, la
familia aplaudió las maniobras que la avioneta hacía a
unos 2,000 pies de altura. “Todos mis primos son pilotos”,
explica Carmelo.
La curiosidad por los aviones y por la pintura surgieron
por la misma época y está ligada a los mismos personajes.
“A quien yo por primera vez vi tomar un objeto corriente y
hacer un cabo de machete, un pilón y el cuatro que tocaba
mi abuelo por las noches, fue a mi abuela. Coger una
materia y transformarla, eso lo vi en mi abuela. Esa magia
me resultaba impresionante”, dice.
Carmelo vivió con sus abuelos en el barrio Palmarejo en
Manati, desde los dos años, a raíz de la muerte de su
padre. “Eramos unos campesinos, vivíamos en una casa hecha
de yaguas, tablas de costa (palma) y hollejos (corteza de
matas de plátano). Teníamos caballos, vacas y gallinas. La
casa más cerca era como de Puerta de Tierra al Caribe
Hilton”.
Para esa época se llamaba Carmelo Martínez Arroyo. El
Carmelo Sobrino que firma los cuadros surgió después. “Fue
por mis amigos, eran mayores que yo y me decían ‘sobrino’.
Uno empieza a pintar para los amigos”, expresa.
Después de ser rotulista y calígrafo a temprana edad, pero
antes de obtener su certificado de piloto y hacer vuelos
comerciales, la aviación le puso en camino al arte. A los
13 años fue a cursar estudios de mecánica de aviación en
la escuela vocacional Miguel Such de Arecibo, pero sólo
estaba disponible el de dibujo de construcción. “Fue lo
mejor que me pasó. Estando en Arecibo tomé mi primer curso
formal de pintura”, recuerda.
Las inquietudes artísticas de Carmelo lo han llevado a
viajar a México, Estados Unidos, Santo Domingo, Jamaica y
Europa, donde conoció, y aún recibe, la influencia de
grandes pintores del mundo. En 1968, junto a Antonio
Martorell, fundó el Taller Alacrán para ayudar a
desarrollar el talento de jóvenes desertores escolares y
en 1970, el Taller Capricornio, en Santurce. Ha sido
maestro en la Liga de Estudiantes de Arte de San Juan,
Casa Candina y la Universidad del Turabo en Caguas.
También ofrece un taller de expresión creativa que en
ocasiones toma la forma de una terapia. “No se trata de
aprender una técnica en particular. Se trata que la
persona tenga un contacto con su subjetividad. Se parte de
algo que la persona ya domina, las letras, figuras
geométricas, un punto. Nadie puede decir que no puede
hacer un punto, o un número 2. Le creo la conciencia de
que su construcción puede ser estética. Va acompañado de
unos consejos, sin los cuales no se logra. Tiene que haber
atención, estar consciente de lo que hace. Y que lo haga
siempre lento. Aquí se trata de abolir la prisa de hacer
las cosas”, describe.
“No te va a cambiar la vida, ni el mundo, pero vas a tener
mejor calidad de vida a través de la creatividad. Puedes
curar, ayudar a curar dolores y resolver dudas. A algunos
amigos con serios problemas de salud les he dado estos
talleres. Tengo la certeza de que a través de la
observación y el trabajo del dibujo y el color, la
expresión creativa puede ser la mejor terapia. Puede
ayudarte a manejar el dolor con más posibilidades”,
agrega.
Carmelo aplica sus dotes de maestro a su nieto Darío, de 9
años, con quien comparte un tallercito de ebanistería en
la casa de la abuela materna, en Bayamón. Allí le enseña a
dibujar y a seleccionar el material a trabajar. “Hoy por
hoy hemos hecho un tren, un avión, un barco, asientos, una
caja y así por el estilo”, indica.
Así, sin parar, conectando un arte con otro, prosigue el
largo vuelo de Carmelo Sobrino por la creatividad y la
vida.